Este año en los Ejercicios Espirituales he podido contemplar el Sábado Santo de una manera distinta. Ese día sin esperanza. Como un domingo sin fútbol. Como una comida sin pan. Un sin sentido de todo.
Contemplando rostros muy concretos de personas de mi día a día. Personas con nombres y apellidos que no consiguen salir de ese "Sábado Santo". Viven atrapadas en su propio día de la marmota: la misma soledad, la misma incertidumbre y el mismo cansancio repitiéndose una y otra vez.
Al mirarles, veía reflejado el desconcierto de Pedro, la desorientación de María Magdalena o el silencio pesado de María, su madre. Ese nudo en la garganta al sentir que Dios calla. Y es que las heridas de nuestra sociedad no son teorías; tienen cara, voz y mirada.
Por eso reconozco ahí nuestra misión como cristianos. La Pasión de Cristo no terminó sepultada en la tumba. La Fórmula del Instituto de la Compañía de Jesús nos manda «reconciliar a los desavenidos», y eso empieza por estar al lado de quien siente que su día no avanza. La Resurrección viene a romper ese bucle.
No estamos aquí para dar respuestas hechas desde fuera, sino para estar presentes y recordar con la vida que Jesús es Buena Noticia y que otro futuro esperanzado es posible.
