¿Y si, además de valorar el resultado, también desde fuera apreciáramos el buen juego y, sobre todo, los buenos modales? ¿Y si, en vez de centrarnos en los grandes jugadores, al fin viéramos que el equipo vale más que una superestrella?

¿Y si, en vez de fingir faltas y agresiones, aprendiéramos a no engañar al árbitro? ¿Y si viéramos que no todo es ganar, que importa el qué, pero también el cómo? ¿Y si viéramos que no se puede ganar a cualquier precio, ni perder de cualquier manera? ¿Y si recordáramos que el deporte es una escuela de vida, sobre todo para los más niños?

¿Y si viéramos en el contrincante a un rival temporal y no a un eterno enemigo? ¿Y si viéramos que la sociedad unida es mucho más real que la polarización que fomentan algunos políticos? ¿Y si viéramos que los españoles somos enormes cuando somos capaces de trabajar unidos? ¿Y si viéramos todo lo que el deporte puede unir?

¿Y si hiciéramos que el deporte sea deporte y no un laboratorio de identidades, ni un espectáculo lucrativo, ni una batalla campal? ¿Y si dijéramos basta a tantos políticos que hacen del deporte una continua reivindicación? ¿Y si aprendiéramos a celebrar todo de una forma ejemplar?

¿Y si comprendiéramos que el deporte toca a toda la persona y que la fe puede hacerte mejor deportista? ¿Y si viéramos que el deporte también es una experiencia espiritual?

Todo esto se hizo realidad, quizás sea la otra gran victoria del Mundial.

PastoralSJ
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