En unas horas la selección española de fútbol disputará su segunda final en un Mundial. Otra gran gesta del deporte español, que pone en valor el trabajo del colectivo frente a otros equipos, deslumbrados quizás por el brillo de sus propias estrellas. Una de las pocas cosas que parecen unir a todos los españoles, y que hacen que vibremos todos con un mismo latido, haciéndonos mejores como nación, como solo el deporte sabe hacer.
En el fondo, evidencia que el todo es más que la suma de las partes. Que cuando juega España, los provincianismos que tanto daño nos hacen se vuelven una anécdota y las ideologías que parecen asfixiarnos nos dan una tregua por horas. Porque no va tanto de sumar fuerzas ni de reivindicar las diferencias, tampoco de vernos como un agregado de partes, se trata más bien de reconocer que cuando pensamos en plural somos mejores. Entonces el ego pasa a un lado y el corazón parece ensancharse, brillando un nuevo nosotros de forma revolucionaria.
Decía Antoine de Saint-Exupéry que “amar no significa en absoluto mirarnos el uno al otro, sino mirar juntos en la misma dirección”. Ojalá que esta noche, cuando miremos juntos el televisor, amemos todo aquello que nos une: un equipo, un país, una familia.









