Estos días, las redes sociales en España recuerdan una y otra vez la visita de Bad Bunny, casi como anticipo mediático a la llegada de León XIV y del mundial de fútbol. Tanto en Madrid como en Barcelona, se llenan estadios y aparecen famosos como Lamin Yamal, Ester Expósito, Úrsula Corberó o Ana de Armas disfrutando de su concierto, en particular en “la casita” del cantante portorriqueño.

Es verdad que la música une a todos y crea un lenguaje universal –aunque a mi particularmente me cuesta entender el reguetón–. Une a ricos y pobres y enlaza países unidos por un mismo ritmo y por símbolos comunes, jalea la sexualidad a todos los niveles y parece empoderar lo humilde y lo local. Sin embargo, entre esa supuesta igualdad –digo supuesta porque la entrada no es apta para todas las economías–, destaca una élite que baila, se divierte entre ellos y muestra su pedigrí y su amistad con el cantante para que el mundo lo vea.

Ojalá esta gira sea una oportunidad para crear cultura y unión entre pueblos, pero no nos engañemos, de aquí se exhibe una élite de gente guapa y rica que se divierte al margen del resto. Que viven apartados de otros mientras nos hacen creer que están cerca de la gente, aunque en realidad están igual de alejados y son tan privilegiados como la élite de siempre, o incluso más. Y es que pasarán los sistemas y modelos, pero siempre habrá unos que estén por encima de los otros, mientras el pueblo cautivo de sus modas sueña con ser como ellos.

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