La encíclica Magnifica Humanitas venía con mucha expectativa y la ha cumplido. Si la lees, vas a encontrar dos partes muy diferenciadas: la primera mitad consiste en un compendio exhaustivo y muy didáctico sobre la doctrina social de la Iglesia; la segunda, en una aplicación de ésta a la era digital. Nada más empezar, entenderemos por qué teológicamente la propiedad privada está subordinada al destino universal de los bienes; por qué la dignidad humana y su florecimiento implican apostar por la subsidiariedad —las decisiones políticas y tecnológicas, mejor cuanto más cerca estén de la gente—; y qué significa la búsqueda de un bien común que es más que la suma de bienes particulares.
¿Y por qué nos cuenta todo esto de nuevo León XIV? Pues para poner unos fundamentos sólidos a su crítica de la era de la IA. Porque denunciar que la IA está siendo diseñada y gobernada por pocas manos no es un capricho, sino que ataca todo principio de subsidiariedad; porque recordar la primacía del trabajo humano nos permite saber qué tareas debemos o no delegar en la máquina; porque denunciar la confusión que puede generar el diálogo con una máquina que no sufre, ni se alegra, ni tiene cuerpo solo se entiende si sabemos reconocer la vulnerabilidad en la que se asienta nuestra dignidad humana. La tradición del pensamiento social cristiano puede iluminar —y mucho— el momento que estamos viviendo.
Los modelos de lenguaje —lo que todo el mundo llama IA— llegaron con tal impacto que, en tres años, casi todo el mundo que tenga acceso a Internet los ha usado: para hacer trabajos de la universidad, para ahorrarse el esfuerzo de pensar por uno mismo, para ponerse a contarle intimidades como si fuera un psicólogo, e incluso para asesorarse en la toma de decisiones vitales. Si estás leyendo esto, seguro que ya te has encontrado en una de estas situaciones. Y te preguntas: ¿hago lo correcto? ¿A dónde puede llevarme este uso de la IA?
León XIV te diría:
- No podemos considerar la IA moralmente neutra (104): todo artefacto está orientado social y políticamente. Por lo tanto, cuando crees que estás usando la IA, no olvides nunca que quizá te esté usando ella a ti.
- No te pienses que, gracias a la IA, lo vas a controlar todo. Lo propio de la vida consiste en sus limitaciones, en lo imprevisto, en lo que se escapa de nuestro control (112).
- Recuerda que buscar la verdad es una tarea muy dura, difícil, que pide un gran esfuerzo (139); desconfía de cualquier promesa de eficiencia y velocidad sin esfuerzo.
- Y, por último: “aprende a prescindir de la IA (…) esa sutil seducción que hace parecer inútil el pensamiento humano precisamente cuando más se necesita” (140).
Solamente quien haya hecho un “ejercicio de discernimiento moral y espiritual” (98)r será capaz de no dejarse dominar por la potencia de la tecnología digital. Si vas a usar la IA, primero, aprende a discernir.



