Es complicado acercarse a una encíclica de este calibre y no meter la pata. Por su densidad, por su valentía y por las opiniones que nos pueden afectar. Sin embargo, sí que hay algunos aspectos que se pueden resaltar, más allá de la certeza de que exige una buena lectura pausada, con papel y boli.
La primera es que nos sitúa como Iglesia en este siglo, ya bien entrado, con sus riesgos, sus ventajas y con todas las cartas repartidas. Siguiendo la estela de sus predecesores, la Iglesia sigue siendo valiente y responsable en su forma de pensar. Sabe escrutar el corazón de toda la humanidad y lo que ello conlleva, no solo una parte. Es libre de modas y de ideologías, y sabe dar una respuesta desde lo eterno.
La segunda es que recuerda la importancia de la responsabilidad. Ya se había hablado de la verdad como bien común. Ahora nos recuerda, como humanidad, que no vale dejarlo todo en manos de la inteligencia artificial y disolvernos en la masa como adolescentes irresponsables. Las riendas del futuro son del ser humano, para bien y para mal, desde la guerra y el desempleo hasta los descartados que están al final. No vale echar la culpa a otro.
Y la tercera, que podría no ser la última, es la llamada a ser humanos. Frente a la tecnología —y sus ideologías— que culpan de todo al hombre, Dios confía en la humanidad. Solo desde la comunión entera de la humanidad con Dios saldremos adelante. Solo recuperando aquello que nos hace más humanos, y por tanto más divinos, llegaremos a buen puerto.
Ojalá el resto de los cristianos podamos seguir la estela de León, con su valentía, con su profundidad y con su profundo amor a Dios y a toda la humanidad.



