Para los barceloneses, la Sagrada Familia es una de esas cosas tan nuestras que no le damos importancia. Un poco como la fe cristiana de nuestras raíces, que la ciudad ha arrinconado buscando ídolos más lustrosos y modernos. Y nos sorprendemos cada vez que acompañamos a nuestros visitantes y topamos con miles de turistas, extasiados y haciendo fotos.
Pero el templo, sin prisas pero sin pausas, ha ido creciendo. Y ahora nos impacta visualizar la nueva cruz de su torre más alta (la de Jesucristo) desde cualquier punto de la ciudad. El sueño del viejo Gaudí se cumple: una cruz bajo cuyo resplandor pueda descansar la ciudad entera.
Una cruz domina el skyline de la Barcelona tan postcristiana. Y estos días la ciudad empieza a agitarse, preparando la visita del Papa León XIV, que viene a bendecir esa cruz en el centenario de la muerte de Gaudí. ¿Un revulsivo para la tímida corriente de retorno a la fe? Seguramente muchos barceloneses escucharán en su corazón esta suave invitación: “alza la mirada”, contempla la cruz, una alianza entre el cielo y la tierra. Sobre la ciudad quiere reinar un rey sin más armas ni otros poderes que los del amor.
Mucho de esto viene a recordarnos un Papa valiente, que habla de paz sin tapujos, contra viento y marea. Y nos quedamos esperando que nos confirme y aliente en la fe, como buen sucesor de Pedro.
