Hablaba con un pastor protestante que tiene a sus hijos en un colegio católico, y me decía que no sólo había elegido el centro por su buena preparación académica y humana, sino también porque allí sus hijos podían crecer en la fe. Eso sí, me comentaba que esto le suponía formar bien a sus hijos sobre cuáles eran las especificidades de su confesión cristiana, para que así pudieran discernir ante la propuesta que el colegio les hacía.

Esto me hizo reflexionar sobre el catolicismo. Porque, salvo honrosas excepciones, lo cierto es que escasea la formación cristiana en general y católica en particular.

Es algo que ocurre en todas las edades. Solo por poner algunos ejemplos: muchos niños no saben lo que es la confesión; los jóvenes desconocen la moral; los adultos no acaban de saber bien qué es la Eucaristía; y los ancianos quedan confundidos al leer cosas por internet.

Falta mucha formación, mucha catequesis de la que llamaríamos básica, pero, sobre todo, faltan el humilde sentimiento de la ignorancia y la sensación de necesidad.

Pensamos que lo sabemos todo porque fuimos a tal colegio, porque recibimos la catequesis de los sacramentos o porque vamos a misa los domingos. Pero no leemos, no investigamos, no nos formamos. Y, en muchos casos, así nos va.

Ojalá las nuevas olas y corrientes nos hagan profundizar en nuestra fe. Porque aquel que está formado tiene herramientas y puede adentrarse en fronteras sin miedo, sin gritos ni exigencias, porque sabe quién es, de dónde viene y a dónde va.

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