Desde que Jesús pronunció aquella frase de que “nadie es profeta en su tierra”, cientos, miles, infinidad de buscadores, enamorados, peregrinos y luchadores se han valido de ella para sobrellevar desilusiones, decepciones e incomprensiones. Y es que, sin duda, forman parte del camino.
“Personas, tiempos y lugares” se convierten en testigos de los dilemas cotidianos, cómplices de quehaceres diarios, acompañantes de nuestras soledades: aquellas que pesan y aquellas que llenan. El tiempo, lo único con lo que parece contarse, es amigo y juez, esperanza y entrega, gloria y cruz.
Pero lo cierto es —y no es que lo otro no lo sea— que aquello que olvidamos en ocasiones, bien sea por egos o heridas, es que mi tierra es también la tierra del otro. Que, así como busco mi lugar en el mundo, en la Iglesia, en aquello que soñé y que busca hacerse realidad, también esa es la apuesta y la batalla de los demás. Y aunque duelan ciertos modos que parecieran no ser los más éticos e, incluso, los más cristianos, con el cuidado de no convertirnos en calificadores ni enjuiciadores de vidas, todos estamos ante un desafío heredado y confiado: “amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 15,12).
El amor siempre mira hacia adelante; quizá, anclado en la confianza, no se detiene: continúa porque hay alguien que no se cansa, ni hoy ni lo hará mañana, y que nos ha prometido: “en la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. De no ser así, no os habría dicho que voy a prepararps sitio” (Jn 14,2-3).
Esta promesa es un camino distinto, labrado muchas veces en silencio, forjador de historias cuya recompensa es que otros se atrevan a caminar por ahí y encuentren sentido a lo que se vive. Por eso, no es tanta locura pensar que necesitamos seguir luchando para algún día ser profetas de esta tierra, que es tuya y mía, porque, tener lugar, lo tenemos.



