Es muy común la idea de que el mundo de hoy es un terreno baldío para cualquier tipo de trascendencia —la temporada de exámenes hace esta percepción más intensa—. La culpa y el pecado personales, las noticias internacionales… Es muy fácil caer en la trampa de ver el paso de Jesús por el mundo y su resurrección como algo desgastado y manido desde un punto de vista histórico. ¡Total, ya ha pasado mucho tiempo de esto!

El pensamiento de Søren Kierkegaard (1813-1855) fue muy prolífico. Padre del existencialismo, en su obra Migajas filosóficas ataca este problema hablando de los « discípulos de segunda mano », que seríamos nosotros como seres alejados. Sin embargo, siguiendo al danés, la visión de la fe es muy distinta porque la vida de Jesús no es un mero acontecimiento: es la irrupción de lo eterno en el mundo y « con respecto a lo eterno, cada época está igualmente cercana ». Es como si el tiempo dibujase un círculo cuyo centro es esta eternidad, un eterno presente.

Esto es liberador. Significa que estamos en la misma situación de base que personas como san Pablo a la hora de seguir a Jesús, independientemente del tiempo. A quien vio a un hombre que decía ser Dios no le bastó la certeza inmediata: necesitó fe para aceptar esta paradoja.

Por tanto, la verdad del cristianismo sigue siendo tremendamente contemporánea, al igual que el sufrimiento de las personas que nos rodean, donde reside este instante eterno. Como discípulos de primera mano, estamos llamados a estar en este sufrimiento con manos dispuestas. Y el salto de fe es lo que nos insta a estar ahí.

« Nadie se va a poner delante de Dios por mí ».

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PastoralSJ
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