Estos días miles de jóvenes -y otros tantos acompañantes- se preparan para acudir a Madrid, Barcelona y Canarias, con motivo de la visita de León XIV a España. Jóvenes que podrían estar haciendo muchas cosas, pero que dedican su tiempo y su dinero a cultivar su fe, asumiendo que tiene algo que decirles hoy en día, y que probablemente será un hito en su propia historia de fe. Y que lo harán, no me cabe duda, con un comportamiento ejemplar, sin renunciar un ápice a la alegría y al entusiasmo característicos de su edad.

En un mundo en el que lo que no está de moda creer -al menos de forma generalizada, aunque parezca que cambia la tendencia-, que haya jóvenes libres para creer es una buenísima noticia. Porque no lo olvidemos, la moda y lo que propugna la cultura imperante es ser ateo y criticar la religión y la Iglesia, y reducirla así al ámbito privado. Porque algunos -también cristianos- pueden creer que conviene que el Evangelio no moleste, no vaya a ser que la religión nos diga lo que tenemos que hacer o que perdamos amigos, o potenciales clientes. Y no olvidemos que para demasiadas personas, en muchos lugares de Europa, reconocerse cristiano en la universidad, en el trabajo o en la familia es un auténtico desafío.

Creer hoy en día, es un grito de libertad y de rebeldía, porque enarbola virtudes, conceptos y palabras que el mundo no quiere ni ver. Es remar a contracorriente, pero también es celebrar lo que somos, nuestras raíces y nuestra identidad sin complejos. Ojalá que estos días, nuestros jóvenes no tengan miedo a hacer lío, como diría Francisco, y recuerden al mundo la alegría de ser cristiano y que Jesucristo, hoy más que nunca, nos tiene mucho que decir.

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