Llegamos al umbral de la Semana Santa y este día con tantos signos contrastantes, tiene algo que decirnos. Jesús entra a Jerusalén y encuentra gente contenta con ramos de olivo en alto, mantas alfombrando su camino, voces que vitorean: «¡Hosanna al Hijo de David!» (cfr. Mt 21,9). Pero, pronto nos percatamos que esa emoción, frágil, nos es familiar. Sucede como cuando nos entusiasmamos con un nuevo proyecto, pero cuando vienen los desafíos, no avanzamos. Quizás había buena intención, pero no era lo suficientemente fuerte para sostenerse. Algo así pudo ocurrir en Jerusalén: una emoción real, pero sin raíces profundas. Por eso, este día nos llama a mirar nuestra vida interior con sinceridad. El Evangelio quiere iluminarla a partir de la fidelidad de Jesús que sigue adelante a pesar de todo.
No entra a Jerusalén con lujos, ni aparentando poder, al contrario, entra sencillo y humilde, montado en un burrito. Esta escena es totalmente contraria a toda expectativa. Es como cuando alguien actúa con coherencia y fidelidad al Evangelio en situaciones donde lo mejor sería acomodarse al momento o a la lógica del poder. Es un Rey distinto, que no busca aplausos, sino corazones disponibles.
Este Domingo de Ramos nos llama a vivir una gran verdad que hace más vital nuestra experiencia humana: reconocer nuestra fragilidad y nuestros contrastes. Por eso, que los signos exteriores del día, toquen la consistencia de nuestra vida, que pasa necesariamente por el servicio y la entrega.
No olvidemos que Jesús sigue entrando en nuestra “Jerusalén” cotidiana discretamente. Y, por tanto, entre hosannas y silencios, poco a poco, descubrimos que el Rey humilde también quiere reinar en nuestro corazón y como respuesta libre y generosa podamos decirle: ¡Entra, Jesús, entra en nuestras vidas! ¡Queremos caminar contigo!



