Estos meses, la actualidad viene salpicada por un terremoto controlado por los medios y por la clase política. Un escándalo de película que a pequeñas dosis hace que se vaya manchando la reputación de bastante gente, archivo tras archivo, pero que todo el mundo teme la explosión total y sus consecuencias imprevisibles en un contexto ya de por sí frágil. Es el caso Epstein, y los documentos que van saliendo, donde aparecen mencionados nombres de artistas, magnates, científicos o políticos entre otros tantos, visitantes de un paraíso para élites que en realidad era la isla de los horrores, especialmente para las víctimas anónimas.
La lista es tremenda, y lo que ahí ocurrió es aún más escandaloso si cabe, y lo que aún no sabemos. Resultaría arriesgado hacer un juicio general y sacar conclusiones con la investigación en curso, pero esta lista denota algunas cosas que no podemos olvidar. La primera es que todos ellos eran gente con muchísimo poder en distintos ámbitos, y la consiguiente tentación de creerse dioses. De pensar que estaban por encima del bien y del mal, y que los otros -menores incluso, según lo que parece-, estaban puestos a sus pies como si fueran pura mercancía, sin nadie capaz de contradecirlos. Es el derecho a todo, y la obligación de nada. Es la entronización del mal y la nada por bandera.
Pero quizás hay algo más triste si cabe: esta gente dirigía los destinos del mundo, y con ello hablamos de guerras, relaciones internacionales, acuerdos, cientos de miles de millones, ideologías y el modo de pensar y de actuar de mucha gente. Algunos nos han hecho tragar sapos y culebras, y hay gente que ha dado la vida por sus causas.
Curiosamente, sobre toda soberbia de quienes se jactaban de regir los destinos del mundo, brilla la justicia de Dios a través del cántico humilde de la joven María, tan pobre como sencilla: “dispersó a los soberbios de corazón, derribó del trono a los poderosos y enalteció a los humildes, a los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despide vacíos”.



