Hay libertades que liberan y libertades que atan. Hay personas que, al acercarte, te ensanchan; otras que, sin embargo, te encogen. Por eso la pregunta no es solo cómo vivo yo mi libertad, sino qué le pasa al otro cuando se encuentra conmigo. Hay ambientes que despiertan sueños, creatividad y responsabilidad, y otros que generan desconfianza, sumisión o cinismo.
Todos ejercemos un poder silencioso. El tono con el que hablamos, la mirada que ofrecemos, la expectativa que colocamos sobre alguien, la palabra que damos —o que callamos— abren o cierran posibilidades. Dar libertad al otro es no colonizar su vida con mis miedos, mis prisas o mis proyecciones.
Cuando Jesús se presenta públicamente, lee en la sinagoga el texto de Isaías y se reconoce en él. Lo dice con claridad: ha sido enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres, a proclamar su liberación, a devolver la dignidad y a abrir caminos de vida. Jesús tiene claro su rumbo, su misión, su lugar en el mundo. Y su proyecto de vida tiene un único fin, dar libertad a otros. Vive para que otros vivan.
Lo sorprendente es que Jesús responde con sencillez a preguntas que a nosotros nos desbordan: quién soy, a dónde voy, para qué vivo. Y su respuesta no gira en torno a sí mismo, sino en torno a los otros.
Educar es ayudar a que cada persona encuentre su yo más original. Las urgencias cotidianas pueden llevarnos a etiquetar, a decidir por adelantado quién puede y quién no, o a dar procesos por cerrados antes de tiempo. La tarea del educador comienza por dar confianza y sostener un marco donde el alumnado pueda aprender a hacerse responsable de su propia libertad. También nosotros, como Jesús, nos reconocemos llamados a dar libertad.



