Hoy en día somos muy celosos de nuestra libertad. La defendemos como un derecho fundamental y la asociamos a una forma de vivir. Ser libre es casi como un eslogan de nuestro tiempo. Sin embargo, no siempre somos igual de conscientes de a qué estamos entregando nuestra preciada libertad.
La pregunta es si elijo bien, si elijo lo que más ayuda. La libertad no se mide por la cantidad de opciones disponibles, sino por la calidad del horizonte al que orientan mis decisiones. En ese sentido, servir, entendido en criterios evangélicos, aparece como un criterio de verdadera libertad.
Algoritmos, expectativas, miedos, apegos o necesidad de reconocimiento compiten silenciosamente por dirigir nuestras decisiones. Nuestra balanza vital no siempre está equilibrada. Si no ponemos la libertad conscientemente al servicio del amor, acabamos sirviendo —sin darnos cuenta— a lógicas que no hemos elegido. Por eso, colocar con valentía y generosidad en el horizonte vital el servicio a Dios es la mejor manera de no terminar sirviendo a ídolos pequeños que prometen mucho y devuelven poco.
No sirvo porque creo; creo porque sirviendo reconozco a Dios. El servicio es el lugar donde la fe cobra sentido. Mateo 25 se convierte así en un termómetro de discernimiento cotidiano.
¿Qué dicen hoy mis decisiones cotidianas sobre a qué —o a quién— está sirviendo realmente mi libertad?
Para quienes trabajamos en educación, esta pregunta nos interpela. Nuestra libertad se juega cada día en el aula, en el modo de preparar una clase, en la paciencia con un alumno difícil, en el compromiso discreto que no se aplaude o dónde ponemos el foco de lo importante. También ahí, en ese servicio cotidiano y a veces cansado, pongo en juego mi libertad y Dios sigue saliendo al encuentro.
