Recuerdo de pequeña esa frase que se repetía como un eco: “la libertad no es hacer siempre lo que uno quiere”. Aparecía cuando no entendía un límite o sentía que “no me dejaban”. Entonces no la comprendía del todo, pero intuía que apuntaba a algo más hondo.
Hoy hablamos mucho de libertad en un contexto polarizado que nos empuja a posicionarnos con rapidez. Jóvenes y adultos sienten la presión de opinar y reaccionar sin tiempo para el silencio ni el discernimiento. ¿Qué significa ser libre así? ¿Desde dónde hablamos? ¿Qué nos mueve? Y algo más profundo: ¿Cómo Dios nos sueña?
En el aula lo percibo con claridad: jóvenes que buscan decir lo “correcto”, encajar, no desentonar. Y cuando se atreven a pensar por sí mismos, se sienten expuestos. La libertad corre el riesgo de diluirse en reacción, ruido o adhesión superficial.
La tradición ignaciana ofrece aquí una clave: reconocer y ordenar los afectos desordenados que condicionan nuestras decisiones. No se trata de negar lo que sentimos, sino de no dejarnos gobernar por impulsos, miedos o necesidad de aprobación. Ordenar los afectos es abrir espacio al discernimiento.
Ser libres es elegir con sentido, también en la fe: decidir cómo vivirla y qué rostro de Iglesia queremos transparentar. La libertad no consiste en imponerse, sino en vivir con coherencia, profundidad y respeto.
“Libres para…” no es una frase incompleta, sino una pregunta abierta: ¿Para qué? ¿Para quién?
