Por más antigua que sea esta pregunta, sigue resonando con fuerza en el corazón de nuestros alumnos, y también en el nuestro. Un estudiante me interpeló un día con sinceridad desarmante: “Si Dios existe, ¿por qué hay tanto mal en el mundo?”
No respondí con teorías ni explicaciones complicadas. Le recordé algo esencial: “Tú estás hecho a imagen y semejanza de Dios”. Esa verdad, que pronunciamos casi de memoria, encierra una responsabilidad inmensa. Dios no se esconde, se hace presente en cada gesto humano capaz de iluminar la oscuridad. Somos enviados a construir su Reino aquí, en medio de la vida cotidiana.
Si cada uno de nosotros elige conscientemente hacer el bien un poco más cada día, el mundo se transforma. No de golpe, no de manera espectacular, sino desde lo pequeño y lo persistente, en la escucha atenta, en la generosidad silenciosa, en la valentía de denunciar la injusticia, en la compasión que sostiene al que sufre. Nuestro “mundo”, ese entorno reducido que sí podemos tocar, cambia cuando nosotros cambiamos.
Y si cada persona hace ese mismo esfuerzo, entonces ocurre lo más cercano a un milagro: nuestros mundos particulares comienzan a encontrarse, a entrelazarse, a amplificar el bien. Así nace una sociedad más justa, fraterna y solidaria, donde todos podemos reconocernos como hermanos.
Ahí, justamente ahí, Dios vuelve a habitar entre nosotros. No como una idea abstracta, sino como una presencia viva que crece en cada acto de amor que decidimos realizar.



