Podrías haber sido tú, o yo, o quizás alguien conocido. Y estar ahora muerto, o en el hospital, o buscando desesperadamente a un familiar, sintiendo que el dolor gana el pulso a la esperanza. Porque esos trenes los hemos cogido todos, por trabajo, por turismo o para visitar a un familiar. Por eso todos nos sentimos reflejados. Es el dramatismo y la esencia de la tragedia, en la que el infortunio hace que la vida dé un vuelco en un mísero instante, donde el cálculo de posibilidades de que ocurra un suceso así es casi imposible, y menos ser tú el triste protagonista. Pero la realidad es que ocurren cosas, y vaya si ocurren. 

Y es así cuando nos damos cuenta de que en la vida toca ir a lo importante, y no perder el tiempo en memeces que nos quitan la energía. En obsesiones que nos paralizan o en cálculos que nos apartan de la vida verdadera, preocupaciones que terminan en el yo o en angustias innecesarias que nos vacían por dentro. Aquellas pamplinas que nos impiden decir un “lo siento” o dar un abrazo merecido, que enmudecen una bella conversación o nos cierran los ojos ante la belleza que lo trasciende todo. En aquello que nos entretiene, pero que no nos hace crecer. En sucedáneos que nos apartan de la fuente de todo o que reducen nuestra agenda a un ahora que no nos llena, porque aquello que no sacia, termina dando más sed.

En España, más allá de nuestras neuras, cegueras ideológicas y pedradas particulares, siempre nos acaba uniendo la emoción por los éxitos deportivos, la alegría de nuestras innumerables fiestas y la solidaridad ante la tragedia y el dolor compartido. Hoy es también ese momento. Ojalá estos días sean tiempo de ir a lo importante, de rezar los unos por los otros -especialmente por las víctimas y por sus familiares-, y de saber que la vida duele pero merece realmente la pena, aunque haya veces que solo Dios es capaz de sostenerlo todo entre tanto dolor.

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