Estos días, o mejor dicho estas últimas semanas, los madridistas estamos de capa caída por la mala racha del equipo, y la consecuente destitución de su entrenador. Incluso, para mucha gente de buena voluntad, libre de filias hacia el Madrid, que siente lástima por Xabi Alonso, reconociendo todo lo bueno que ha hecho por el fútbol español en su época de jugador, y por supuesto recordado siempre por su elegancia, discreción y caballerosidad dentro y fuera del campo. Y aunque es verdad que el equipo tiene sus carencias y el cuerpo técnico parte de culpa, su destitución deja entrever algunas de las fallas de nuestro tiempo, que parecen más normales de lo que son en realidad.
Como me señalaba un amigo jesuita hace unos días, es similar a lo que ocurre a veces en los colegios: se prefiere culpar al profesor, porque es más fácil y barato, en vez de señalar a los alumnos. Al fin y al cabo, tanto el entrenador como el profesor suelen ser más responsables, más obedientes y van a crear, en principio, menos alboroto. El problema, como ocurre en los colegios, es que a la larga los niños que se mueven sin límites, van ensanchando el campo progresivamente al ritmo de su insaciable capricho -siempre bien justificado-, y jamás se responsabilizarán cuando las cosas no funcionen. Es la lógica del egoísmo, de la vanagloria y de no pensar en lo colectivo, algo propio y lógico de quién es un joven millonario, trabaja no muchas horas al día, se rodea de gente guapa y es aclamado por las masas, por muy humilde que en su conciencia pretenda ser.
No olvidemos que se piensa como se vive, y se vive como se piensa. El dinero crea monstruos, y la soberbia nace de creerte mejor que otros y no soportar que alguien te diga lo que está bien y lo que está mal. Ojalá las cosas vayan a mejor, sabiendo que el tiempo, tan juez como buen pedagogo, pone a cada uno en su lugar.



