Hija de Joaquín y Ana,
Esposa de un carpintero,
Le abrió el corazón primero
A Dios, que, de forma humana,
Le pedía por las mañanas
Tibia leche de doncella
Que se le acercaba, ella,
Con el mismísimo amor
Con que le arrimó el clamor
De sus dos pechos lactantes
Cuando Jesucristo, antes,
Su leche necesitó.
Lo acompañó de la mano
A la mansión del rabino,
Siendo dueña del destino
De quien nos hizo cristianos;
Y cuidando al Soberano,
El único Rey de su vida,
Como su Madre, sufría,
Sola y viuda a la vez,
La desazón y escasez
Que en su pobreza cabía.
Por Jesús fue a los caminos,
Por Él, remendaba velas,
Siguiendo la misma estela
De enfermos y peregrinos;
Y un día de escasez de vino
En las Bodas de Caná,
Se le atrevió insinuar,
Sabiendo que Cristo era,
Que por Ella convirtiera
Agua en vino de verdad.
Él, que la llamó mujer,
Y al verla se enternecía,
Quiso darle esa alegría
Con su glorioso poder;
Tal vez por única vez,
Porque así se complaciera
Y lo que después sufriera
Se viera dulcificado
Por aquel recuerdo, amado
De que Dios la obedeciera.
Descendiente de David…
Que ya el tremendo Isaías
Cantaba en su profecía
Que iba a Dios concebir.
Que nació para tal fin
Desprovista de pecado
Porque el Espíritu, alado,
Uno y trino con el Padre,
Santificaba en su Madre
Un seno purificado.
Un día, lo miró nimbado
De gloria, ir del taller
Por los senderos que Aquel
Desde Adán, le había trazado;
Lo admiró transfigurado
De obrero en el mismo Dios,
Y, bendiciendo el adiós
De Jesús, que se ausentaba,
Con cuánta pena lloraba
La soledad de su amor.
Después lo escuchó diciendo
Su ley en la sinagoga
Y palpó como una soga
El cuello le iba rompiendo;
Lo vio en las piedras, cayendo,
Bajo una cruz de madera,
Y Aquel, que tanto pudiera,
Temblando se estremecía
Como el Hijo de María,
De tan humano que era.
Y sintió cómo al final
Al mismo Padre, clamando,
Miraba al cielo, expirando,
Hartito de perdonar;
Y en la lanzada mortal
Que allí un romano le diera
Aquella sangre, postrera,
Que fluyó en el pecho, aguada,
Fue, en ella, otra puñalada
Que en su entraña recibiera.
Y así quedó para siempre,
Con perfil de Dolorosa,
Flor de pasión, más garbosa
Cuanto más triste y doliente,
Y, por asumir, valiente,
Tanto sufrir y desvelo
En las alturas del cielo
Dios le enmarcó su querella,
Haciendo de Amparo, estrella
Con el llorar más sereno.
Así, que al punto que en esa cruz
Expiró la Paz eterna,
Cristo la nombró abogada,
Madre, Señora y Maestra,
Mediadora de las Gracias
Que Él escucha por Ella,
El Redentor, Jesucristo,
Y tras Él la Madre buena,
Hasta el último suspiro,
Desde el Sí que al Ángel diera,
Porque nadie en esta tierra,
Tuvo el papel que Ella tuvo,
De infinita y dulce entrega.



