La vida va pasando y, más tarde o más temprano, a todos nos llega el momento de cuestionarnos cómo estamos viviendo, qué sentido tiene nuestro camino y hacia qué horizonte nos dirigimos.
Anhelamos llenar lo mas profundo de nuestro ser y huir del vacío existencial que el mundo nos produce. Intentamos saciarlo con el arte; ya sea en forma de música o pintura, o por otra parte cayendo en malos hábitos que nos vacían aun mas.
No es sencillo conducir la propia vida, darle sentido y sentirse verdaderamente vivo. Tampoco lo es despertar a la belleza que nos rodea y que tantas veces supera nuestra razón. Todo esto exige un trabajo interior: aprender a mirar de nuevo para que la vida recupere su plenitud.
Y es ahí donde irrumpe un Niño nacido en un pesebre, capaz de romper todos nuestros esquemas. Vino para transformar, para arrasar nuestro interior y darnos aquello que mas anhelamos: Vida. Pero tomar conciencia de lo que falla dentro de nosotros requiere tiempo, y por eso se nos regala el Adviento: un tiempo de ilusión para preparar ese “portal de Belén” en nuestro interior. El Adviento es un regalo para reconducir y educar la mirada, para el discernimiento y para ordenar mi vida y dejar así que Dios nazca en ella.
Acoger a este Niño es acoger el sentido y la verdad de nuestra vida. Porque Él nos lo dice: “Yo soy en camino la verdad y la vida”.
Preparémonos para recibir la gran verdad: un amor que quiere nacer en nosotros y que tiene nombre: Jesús.



