Parece mentira, pero curiosamente esta es una cuestión abierta por María Pombo estos días, que bien podría servir para un debate en clase o para unos cuantos artículos de opinión, como así ha sido. Y aquí cada uno suele tener su postura, como no puede ser de otra manera, pero quizás sí conviene tener en cuenta algunas consideraciones, para no acabar metiendo la pata o convertirse en trending topic, como le ha pasado a la famosa influencer.

Leer es bueno en sí mismo. Y sí, te convierte en mejor persona. Leer permite abrir la mente, soñar y descubrir nuevos mundos. Ayuda a crear pensamiento, entre otras cuantas aptitudes y beneficios. Notas cuando la gente lee y diría que te hace más libre, y es otro camino más hacia la plenitud. Es algo bueno en sí que mejora a las personas y sus respectivas capacidades, como salir a correr, rezar o reflexionar. Pero no nos creamos que por hacerlo ya se da una conversión automática. No nos engañemos. Hay gente que lee mucho y es una auténtica sinvergüenza y no destaca por el respeto precisamente; otros que rezamos más o menos y metemos la pata recurrentemente; personas que corren cada día y se drogan cuando salen de fiesta y alguno que estudia bastante y utiliza su sabiduría para crear armas que derraman sangre inocente. La clave es hacia dónde se orienta la acción, porque no todo vale. ¿Para qué? ¿Cuál es la intención última? ¿Cuál es el resultado? Sirva como muestra que Hitler tenía un buen séquito de intelectuales -bastante leídos, por cierto- que le apoyaban incondicionalmente.

No obstante, creo que detrás de los comentarios de María Pombo hay una intuición tan clásica y española como actual y difundida: la soberbia intelectual que desemboca en una supremacía moral. Leer no te da permiso para mirar por encima del hombro a nadie, tampoco para creerte mejor persona que el vecino o menospreciar al que vota distinto, algo que por desgracia es habitual en parte de los referentes culturales de nuestro país. Es un problema de nuestra sociedad, porque lejos de reconciliar, divide a las personas. Es el fariseísmo en versión secular, porque una cosa es defender la verdad, y otra bien distinta apropiarse de ella.

En definitiva, para leídos y no leídos: leer te hace mejor persona, cierto, pero desde luego que no te creas que te hace mejor persona que el resto.

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