La obra fue publicada en 1922, tras la Primera Guerra mundial, en un proceso de curación de una herida aún muy fresca. Hermann Hesse, que fue Premio Nobel en 1946, supo comentar de una forma muy original y llena de simbolismo un problema que aqueja a muchas personas cuando la base sobre la que se apoyan se tambalea: el propósito del ser humano. Y es que, a pesar de la lejanía que parece haber entre el protagonista y nosotros, Siddhartha evoca cómo a través de la meditación, el ascetismo, el mundo material, el erotismo y la trascendencia se pueden resolver las preguntas más fundamentales de los individuos.
Para mí, la lección más fuerte de Siddhartha es cómo, a veces, hay que perderse por los distintos caminos de la vida para llegar a la meta que tanto ansiaba uno. Para suplir un vacío, hay que tener una mente abierta y gozar de la libertad de que disponemos para darse cuenta de qué echamos de menos y qué necesitamos.
“Tuve que pasar por tanta estupidez, por tantos vicios, por tantos errores, por tanto disgusto, desilusión y aflicción, solo para volver a ser un niño y poder comenzar de nuevo”.




