Ocurre en los colegios, en las parroquias y en cualquier comunidad. Y cada vez se acentúa más. Es la impresión de que todo va mal, y que incluso vamos a peor. Nos cuesta ver lo bueno y reconocer la bondad de instituciones creadas para hacer el bien y que, sin embargo, no lo hacen tanto, generando en nosotros una cierta apatía, tristeza y desafección.
Yo no digo que las instituciones sean perfectas, tampoco obvio las cosas malas. Pero quizás deberíamos preguntarnos todos si no se nos cuela un poco del mal espíritu cuando hablamos de las instituciones. Me explico. Sin querer, se puede haber creado en nosotros un puritanismo que exige a las instituciones llamadas a hacer el bien un perfeccionismo que tiene más de ideal que de realidad, y que por tanto no es del todo real, y que nos impide ver todo lo bueno que hay en ellas. Y que, curiosamente, cuando nos fijamos en otros ámbitos como la política o la empresa privada ya dejamos de ser tan exigentes.
Toda institución, religiosa o no religiosa, pública o privada, está llamada a hacer el bien sí o sí, y cuanto más mejor. Al mismo tiempo, por el mero hecho de ser creadas por humanos nunca serán perfectas -lo que no puede servir nunca de justificación, dicho sea de paso-.
Como cristianos en general y, católicos en particular, estamos mediados siempre por instituciones de muy diversa índole, donde se mueve el Espíritu Santo y la mano humana, con sus luces y con sus sombras. Ojalá seamos capaces de mirar todo lo bueno que hay en ellas y a no exigirlas, lo que nosotros, en lo personal, tampoco sabemos dar.
