El dolor físico y emocional forma parte de todas las vidas humanas, está en nuestra naturaleza. La única elección que podemos hacer es cómo afrontarlo. Podemos ignorarlo, tratar de evitarlo, como nos impulsa a hacer el mundo actual. En caso contrario, podríamos enfocarnos demasiado en él, engrandecerlo hasta el punto de que paralice nuestra mente y nos impida ver más allá, pensar en otras cosas, incluso apreciar el propio dolor en su justa proporción.

Sin embargo, la tercera posibilidad es abrazarlo, como nos enseña Jesús. Este es el punto intermedio entre las dos anteriores. Para abrazar el sufrimiento hay que aceptar que puede existir, pero que debe acompañarnos sin eclipsar, a ser posible, todo lo bueno que hay alrededor de él.

Sí, Jesús murió en la cruz de manera injusta, y lo hizo por ti y por mí. Aunque no entienda del todo eso, puedo imaginar cómo gritaba. También cómo lloraba María, su tristeza al observar impotente cómo el hijo que había nacido de su vientre y al que había querido durante tres décadas, era sacrificado a voluntad de la sociedad. La clave de todo esto fue que al final proporcionan alegría, consuelo y esperanza a un montón de generaciones posteriores. De ese sufrimiento nacieron muchas obras buenas y alegrías. Y antes de saber todo esto, el Señor, en su punto de más humillación y dolor fue capaz de decir: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc,23,46).

No tienes que comparar tu padecimiento con el de Jesús, porque eso puede llevarte a no concederle ni un poco de la atención que requiere, pero ten presente que quien está a tu alrededor también sufre, y que ya hubo un sufrimiento que hizo los nuestros más livianos.

PastoralSJ
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