Hace días que me fijo en un cartel de la cafetería de mi colegio: “Ver nuevas todas las cosas en Cristo”. No hay nada más propio de un pasillo que un cartel que perdura cuatro años después del evento para el que fue hecho. Ignatius 500 sigue ahí, desgastado por el tiempo, sobreviviendo a las limpiezas de verano y a las prisas del café de las 11.

Hace cuatro años nos volcamos en aquel centenario; llenamos los pasillos de dibujos y cartelería. Pero la verdadera conversión de Ignacio no ocurrió en un escenario ficticio, sino en el silencio doloroso de una convalecencia que no eligió.

Cinco años después de aquella bala de Pamplona, en 1526, Ignacio no era aún en quién se convirtió. Era un estudiante demasiado maduro, sentado en un pupitre que le quedaba pequeño para estudiar latín con niños. En 1526 la Inquisición lo vigilaba, acabando incluso en la cárcel de Alcalá porque no entendían qué hacía ese hombre hablando de “cosas espirituales” sin títulos. Fue su época de vivir de limosna y de aprender la mayor de las humildades: volver a empezar.

Aquel centenario nos enseñó a todos que la herida no fue un error de cálculo, sino la grieta necesaria para que entrara la luz. Hoy, lejos del evento de Ignatius 500, la espiritualidad ignaciana se juega la capacidad de ver lo nuevo en lo de siempre; en descubrir la Gracia en una sala de reuniones agotada o la esperanza en un alumno que vuelve a fallar.

Quizás ahora nos sintamos como aquel Ignacio, en un tiempo intermedio, cansados y bajo la sospecha de si nuestro esfuerzo sirve de algo. Pero es precisamente ahí, cuando el ruido de la fiesta ya pasó, donde se aprende a ver nuevas todas las cosas. Ese cartel sigue ahí para recordarme que la conversión es una tarea diaria.

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