Siempre recordamos a san Alonso Rodríguez por el sencillo acto de abrir la puerta de Montesión a propios y extraños. Pero pocas veces pensamos en todas las puertas que la vida le había cerrado antes.
Había perdido a su esposa, a sus hijos y su negocio. También había encontrado dificultades para entrar en la Compañía de Jesús. Su historia, antes de ser la de un santo, fue la de un hombre profundamente herido.
Y quizá sea ahí donde comienza a revelarse la verdadera grandeza de Alonso. La verdadera santidad.
Después de tanto dolor, Alonso no se resguardó tras un muro, sino que convirtió ese dolor en una puerta abierta.
Pudo haberse encerrado en sí mismo. Pudo desconfiar, protegerse, cerrar su corazón. Habría sido comprensible y, sin embargo, pasó años acogiendo a quienes llamaban al Colegio. Respondía a la campanilla con un «Ya voy, Señor», dispuesto a encontrar a Cristo en cada persona.
Quizá su grandeza no estuvo solo en abrir la puerta, sino en mantener abierto el corazón.
No porque el sufrimiento nos haga mejores, ya que no siempre lo hace, sino porque, a veces, la fragilidad que tanto querríamos esconder nos enseña a reconocer la del otro. Quien ha necesitado consuelo puede comprender el mensaje tras una puerta abierta. Quien conoce la ausencia sabe cuánto vale que alguien, "simplemente", esté.
Desde aquella portería, Alonso acompañó también a Pedro Claver. Un hombre herido ayudando a otro a descubrir un camino de servicio.
Este 31 de octubre, quizá podríamos mirar a san Alonso de otra manera. No como un modelo de perfección inalcanzable, sino como alguien que descubrió que amar no exige dejar de ser vulnerable.
Porque la santidad, tal vez, no consista en que nada pueda herirnos, sino en que nuestras heridas no nos impidan seguir amando.
