Ha fallecido en París el fotógrafo brasileño Sebastiâo Salgado, quien fue Premio Príncipe de Asturias de las Artes en 1998 y Miembro de la Academia de las Artes de Francia. Un aventurero que se dedicaba a recorrer el planeta y abrirnos al resto ventanas al mundo, mostrándonos así situaciones de injusticia, miseria, dolor o violencia. Un profeta de la cámara capaz de denunciar con belleza los pecados estructurales del mundo contemporáneo. Algo que, aunque suene paradójico, en su caso fue posible.

En una entrevista, reconocía que su objetivo era mostrar la belleza de la dignidad del ser humano. Una dignidad presente en cada persona y que puede resplandecer en los momentos de máximo dolor e incomprensión. En esa desproporción entre lo que es y lo que debería ser, entre el bien y el mal, y entre la miseria del ser humano y la grandeza de Dios. En esas arrugas de la realidad que nos estremecen el corazón pero que hablan del poder de la vida y de los abismos que tanto nos impresionan, y que no dejan de cuestionarnos en el silencio de una foto en blanco y negro.

Contemplar sus fotografías es una forma de rezar, porque nos hace ir más allá de nosotros mismos, y otear que late en el fondo de cada realidad. Contemplar, nos cuestiona sobre cómo queremos mirar nosotros el mundo, cuál es el objetivo y qué queremos fotografiar. Contemplar, decía Aristóteles, es la más noble actividad, ojalá no lo olvidemos porque de todo ello depende nuestra forma de mirar, y por tanto de vivir y de amar.

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