
reflexión
Tu calor en mi frío
En tierra de sombras
«La ciudad, desolada, se derrumba, están cerradas las entradas de las casas; hay lamentos por las calles porque no hay vino, se apagaron las fiestas, se desterró el alborozo del país. En la ciudad solo quedan escombros y la puerta está herida de ruina» (Is 24, 10-12)
A veces me veo así. Caminando inseguro. En esos días en que parece que pierdo suelo firme, y me quedo un poco a la intemperie. Cuando muerde un poco más la soledad, o la inseguridad, o parece que las heridas que uno lleva escuecen más de la cuenta. Cuando mis días parecen estériles. En esas ocasiones la duda lo tiñe todo, y aunque me digo que no sea 'agonías', no consigo vencer a mis fantasmas. Entonces me pesa el trabajo, o los estudios, o las relaciones; los proyectos en los que se baten mis jornadas me parecen más grises; tú parece que callas, y llamo: «¿Dónde estás?»
¿Cuándo me siento vacío?
¿Cuáles son mis 'fantasmas', mis sombras, mis inseguridades?
¿Cómo buscar en Dios respuesta?
Ruego, casi oración
No me dejes seguir con esta pena
de tener empeñado mi destino;
no me dejes que sangre en el camino
soportando a mis pies dura cadena.
Este sombrío andar, esta condena
que agrava el maridaje de mi sino,
me representa al débil peregrino
perdido en la maraña de la escena.
No me dejes en mar y a la deriva,
que frágil es mi barca a la inclemencia
y al azote falaz del enemigo.
Te busco en la razón de una evasiva
con que sembrar la paz en tu presencia:
savia seré de amor, pero contigo.
(Nicolás del Hierro)
Tu paz en mi lucha
«El desierto y el yermo se regocijarán, el páramo de alegría florecerá, como flor de narciso florecerá, desbordando de gozo y alegría… Se abrirán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará; porque ha brotado agua en el desierto, torrentes en la estepa… el páramo será un estanque, lo reseco un manantial» (Is 35, 1; 5-7)
Y sin embargo, sé que estás ahí. Estás ahí mirándome con cariño. Hablándome con paciencia. Abrazándome con ternura, aunque a veces ni me dé cuenta. Estás ahí invitándome, una vez más, a sonreír por dentro y por fuera, porque la vida puede ser hermosa (y hay que hacerla hermosa para todos). Estás, y te me asomas en los rostros de mi vida; en el cansancio de quien me pide ayuda; en la cercanía de mi amigo; en la tristeza de quien necesita mi alegría; en la canción que libera un vendaval de pasión en mi interior; en la oración tranquila; en la tormenta que sólo se vence con coraje. Estás, abriendo sepulcros y mostrando caminos.
¿En qué medida el evangelio es respuesta?
¿Cuál es, en mi vida, la hora de la resurrección?
La hora
Vuelve la luz
a hacerse luz, plácida claridad
en el vaivén de sombras,
y la calma otra vez, el remanso
donde reposa –como en el sueño el insomne–
su paso frenético el corazón.
El aire que se respira
se hace respirable,
y el paisaje a cada mirada
recobra el color y la forma.
Surge a la vida
el que vive en la muerte y muere de nada.
Esta es la hora de la resurrección.
(Julio César Aguilar)


