
Al final, el amor
«Vosotros, pues, sed perfectos como vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48)
Tal vez la clave está en no vivir desde el juicio, sino desde la mesa común. No vivir desde la seguridad de los muros que nos aíslan, sino en la inestabilidad de los puentes que nos unen. Arriesgarse a pensar, buscar, y a veces dudar (sí, dudar es parte de la fe). La perfección que se nos pide es en el amor, no en el ego. Y en ésa, el horizonte es Dios. Y en esa perfección el otro cabe. Porque el perfecto es Dios, que hace llover sobre justos e injustos…y mi reto, mi misión, mi milagro es amar lo mejor que sé (no más, pero tampoco menos). Al final, nos toca aceptar una porción de incertidumbre, de búsqueda y de zozobra y de escucha del otro…
¿Amo lo mejor que sé?
¿Acepto enfrentarme a la duda, a veces la necesidad de profundizar y aceptar luchas y perplejidades en mi búsqueda de Dios?
Respuesta al examen del maniqueo
Si tú mismo te examinas, el examen no es válido.
Las reglas no son esas, ni siquiera el asunto.
Al medirte con la vara de tu fanatismo
te conviertes en una víctima, no en un penitente.
Pero el asunto es el amor,
sobre el que no hay definiciones ni escrutinios,
el amor que está viviendo en ti
(como en toda criatura)
una vida sufriente y misteriosa.
Por él serás juzgado, y tú no sabes
dónde están los tesoros,
los desiertos, las miserias, los espantos,
ni las silenciosas comuniones, ni las grandes alegrías
del amor que en ti padece.
Nada sabes, salvo que
tenemos, simultáneamente,
que velar y confiar.
Espera. Vive.
Sirve.
Cintio Vitier


