reflexión

Cuándo bajar los brazos

El conformismo

«Se dio la vuelta, entristecido, porque tenía muchas riquezas» (Mc 10, 22)

La palabra conformismo suena mal. Evoca la falta de espíritu para luchar, para oponerse a lo que conviene derribar, para gritar contra el silencio injusto. Y ciertamente, hay que ser un poco inconformistas. Intuir nuevos caminos. Pelear. No hay que caer en una resignación derrotada, convencidos de que «Dios quiere esto» y ya está. Dios no quiere muchas de las cosas que ocurren, y ahí nos toca a nosotros imaginar otros caminos.

¿En qué me siento quizás demasiado conformista?

¿Por qué luchar?


Todos lo hacen.
Es lo que hay.
Nada cambia.
No puedo.
¿A quién le importa?
Es cosa de otros.
En su justa medida.
Qué más da.
Yo paso.
Sin exagerar.
Mañana.
No te líes.
¡Qué pereza!
No estoy seguro.
Quizás.


¿Hasta cuándo, Señor?


«Hasta que espabiles, hijo».


José María Rodríguez Olaizola, sj

La aceptación

«María dijo: 'He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra'» (Lc 1, 38)

Sin embargo, no todo puede ser contestación o rebeldía. Hay cosas que nos toca aceptar, por muchos motivos. A veces te exigiríamos más. Nos preguntamos por qué no has hecho el mundo un poco más plácido. Por qué las vidas tienen tormentas. Por qué la libertad es un arma de doble filo. Por qué el amor a ratos duele. Por qué los pobres, las enfermedades, las muertes prematuras. Por qué los propios demonios que a veces muerden. Y aunque brota, una y otra vez, el deseo de que algo fuera distinto, también hay una sabiduría muy humana en aceptar parte de la vida como es. Aceptar alguna que otra dosis de fracaso. Aceptar la espera. Aceptar el misterio…

 ¿Qué pienso que hay que «aceptar» en la vida? Y más en concreto, ¿qué pienso que tengo que aceptar en mi vida?

Todos cuantos te buscan te tientan

 

Todos cuantos te buscan te tientan.
Y quienes te encuentran te atan
al gesto ya la imagen.

 

Yo en cambio quiero comprenderte
como te comprende la tierra;
con mi madurar
madura tu reino.

 

No quiero de ti vanidad alguna
que te demuestre.

 

Sé que el tiempo
no se llama como tú.

 

No hagas por mí milagros.
Da la razón a tus leyes
que de generación en generación
se tornan más visibles.

 

(Rainer María Rilke)

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