Se podría decir que la Iglesia, como Hacienda, somos todos. Sin embargo, el Papa Francisco lo dijo mejor en la JMJ de Lisboa: “En la Iglesia, ninguno sobra. Y eso Jesús lo dice claramente. Cuando manda a los apóstoles a llamar para el banquete de ese señor que lo había preparado, dice: «Vayan y traigan a todos», jóvenes y viejos, sanos, enfermos, justos y pecadores. ¡Todos, todos, todos! En la Iglesia hay lugar para todos.”
¿En qué Iglesia creemos los cristianos?
En una Iglesia que es una como Dios es uno: en ella se conjuga la pluralidad de edad, condición, dones y carismas en la comunión. Toda la humanidad está llamada a ser Pueblo de Dios, con todo nuestro pecado. Nadie puede ser excluido de ella porque todos somos Sus hijos.
En una Iglesia que es católica, es decir, es enviada por Cristo en misión universal a llevar la Buena Noticia a cada alma. Y cada uno de nosotros, en cuanto Iglesia, tiene también este mandato misionero, apostólico. Es decir, cada uno de nosotros está llamado a crear una Iglesia en la que haya lugar para todos e invitar a todos a ella.
En una Iglesia que no es solo apostólica en su fundación y tradición ininterrumpida desde los Once, sino que sigue dando apóstoles que heredan la misión de anunciar la llegada del Reino para todos.
En una Iglesia que es santa porque Cristo la santifica a través del Espíritu. Pero esto no significa que la Iglesia sea perfecta, sino que está llamada a la santidad y es el lugar donde cada uno de nosotros está llamado a santificarse en compañía.
¿Qué digo cuando digo que creo en una Iglesia “que es una, santa, católica y apostólica”? Que creo que todos somos Hijos de Dios y quiero vivir con todos mis hermanos.



