- Esta inteligente y sutil indagación en la banalidad del mal ha ganado el Oscar a la mejor película en habla no inglesa. Su banda sonora, desasosegante, subraya lo que no vemos en la pantalla desde el primer minuto de la cinta.
- A partir de una novela de Martin Amis, el director Jonathan Glazer compone un retrato del que ha desaparecido toda tensión emocional pero que golpea al espectador todo el tiempo. No hay más trama que la apacible vida campestre de la familia de Höss retratada con descarnada desnudez narrativa.
- El inteligente uso del contexto en la puesta en escena, singularmente todo lo que queda fuera de cámara, que es nada más y nada menos que el mayor campo de exterminio de la Segunda Guerra Mundial, Auschwitz-Birkenau. Vemos su torre de vigilancia y el muro que separa la casa familiar de los barracones, vemos sus chimeneas y oímos constantemente tiroteos pero el director sólo consiente que nos asomemos a su interior en las escenas finales en que las limpiadoras aspiran, barren y limpian los cristales de las vitrinas donde se exponen zapatos, maletas y ropas reales de quienes fueron gaseados: la ficción deja paso a la realidad.
- La elipsis como género cinematográfico elevada a la máxima expresión: mientras se nos presentan en foto fija los primerísimos planos de las flores del jardín de la señora de la casa, escuchamos la llegada de un tren cargado de judíos, los gritos de los prisioneros, los ladridos de los perros azuzándolos y el tableteo de las ametralladoras o descargas intermitentes de armas cortas. Hay una distorsión sabiamente buscada entre lo que vemos y lo que escuchamos.




