Los Magos de Oriente pueden enseñarnos a adorar al Señor ofreciéndole tres aspectos fundamentales de nuestra vida.

El oro puede simbolizar todo nuestro haber y poseer. No se trata de pensar en dar limosnas de lo que nos sobra, sino más bien de vivir sin dejar que nuestras posesiones nos posean. De poner todo a los pies de Jesús al servicio del Reino de Dios.

El incienso nos remite a una realidad intangible como es la de la vida espiritual. A veces nos cuesta más trabajo darle a Dios nuestro tiempo que una limosna material. Nos parece que, como el incienso, esos momentos de oración son tiempo “quemado”. Y no nos damos cuenta de que, sin ellos, no solo privamos a la vida de ese buen olor, sino que los que nos quemamos somos nosotros.

Nunca sabemos qué hacer con la mirra. Ni al contemplar a los Reyes Magos ni en nuestra propia vida. Pero, lo cierto es que si la mirra remite al Niño Jesús a la realidad de su muerte, también nos recuerda a nosotros a la nuestra. La mirra son todas esas situaciones de la vida en las que la muerte nos da un mordisco en forma de enfermedad, dolor o pérdida de un ser querido. Esas situaciones que se hacen más difíciles de ofrecer que el oro y que requieren de mucho incienso para poder ser asumidas e integradas desde la fe.

Con los Magos de Oriente estamos llamados a adorar al Señor y ofrecerle el oro, el incienso y la mirra de nuestras vidas.

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