Ven, sígueme
hacia las fronteras del mundo,
con el Evangelio por bandera,
donde nadie quiere ir.
Hacia las aristas de la verdad,
cuando se encuentran el bien y el mal,
bailan el caos y el orden,
y las certezas no se pueden demostrar.
Hacia los confines de la Creación,
con la luz de la fe,
en la Iglesia,
y sin miedo a dialogar.
Hacia los espacios de contacto,
donde clama la vida con fuerza,
conviviendo la cruz y la resurrección,
y tú no nos dejas de llamar.
Hacia las heridas de la humanidad,
junto a sanos y enfermos, pobres y ricos,
cuando la dignidad es arrebatada
y la guerra vence a la paz.
Hacia los abismos de la existencia,
buscando siempre lo más profundo,
en las noches más oscuras,
que no cesas de consolar.
Hacia el horizonte de tu Reino,
como peregrinos y, sobre todo, amigos,
soñando el mañana que viene,
sabiendo que nunca nos vas a abandonar.



