Que no tema pronunciar su nombre,
aunque lo diga con rubor.
Que no me avergüencen sus gestos,
aunque me gane el pudor.
Que no me de miedo mirarle,
aunque sus ojos se claven en mi interior.
Que no deje de olerle,
aunque su perfume sea de amargo sudor.
Que no rechace acariciarle,
aunque sus heridas griten de dolor.
Que no rehuya su presencia,
aunque su imagen no sea la mejor.
Que la amistad sea sincera,
porque es el reflejo de Tu amor.
Que no evite el abrazo,
porque en su dignidad también habita nuestro Dios.



