La actualidad en España está conmocionada con la ejecución de la eutanasia de Noelia, en contra del parecer de sus padres, pero con el visto bueno del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) tras un duro proceso judicial. Una joven de 25 años con una vida calamitosa, internada en un centro tutelado por problemas familiares, donde sufrió una violación múltiple, y que derivó en un intento de suicidio, tras el que quedó parapléjica y diagnosticada con serios problemas mentales.
El Partido Comunista Portugués, hace años defendía que la eutanasia era una derrota de la sociedad, por no garantizar el cuidado y el bienestar de los más vulnerables, haciendo que entiendan la muerte como su mejor solución. Una nobleza en el argumentario, que contrasta con la visión de muchos políticos y de demasiada gente, que con buena intención olvidan que cada vida atesora un valor sagrado y que tenemos que defenderla como sociedad, cueste lo que cueste, porque cada persona tiene una dignidad infinita. La defensa de la vida no es algo propio de cada uno ni un capricho de las religiones, sino que también es una lucha colectiva.
El mal no se sana con más mal, y la muerte no puede ser la solución a una vida desgraciada, por dura que sea. La auténtica compasión no puede estar en contradicción con la bioética, tampoco los derechos -comprendidos en su peor versión- pueden estar a favor de la muerte. La ley está hecha para defender a los más débiles, y en este caso, Noelia claramente lo es. Y su vida merece ser vivida, valorada y apreciada, y hemos de estar a la altura como sociedad, y honestamente todos sabemos que tendría posibilidades de salir adelante bien tratada o acompañada como merece. Otra cosa es que en nuestra sociedad, de tan empáticos que nos creemos, abramos los abismos de la muerte a los más vulnerables. Por desgracia, veremos cosas peores. Aquí hemos metido la pata.



