Hoy somos muy conscientes de que vivimos en un mundo plural. En el mundo conviven miles de millones personas, cada una con sus experiencias y su perspectiva. Mientras que en otras épocas toda la sociedad compartía una visión del mundo, cada vez más miramos ese tiempo con distancia y recelo, fijándonos en las personas que quedaban al margen de esos sistemas, o en los conflictos entre sociedades con distintas visiones.
Parece que la solución es decir que todo depende del cristal con que se mire, y que todas las opiniones son válidas. En definitiva, muchas veces renunciamos a pensar que hay una verdad sobre la realidad.
Sin embargo, este enfoque tiene sus fisuras. Si no hay verdad, no puede haber servicios sociales básicos, como la sanidad, porque para curar hace falta formarse, y cuando vas a urgencias no te da lo mismo cualquier opinión.
Si no hay verdad, no hay derechos. Porque para reconocer quién necesita que se defienden sus derechos, para reconocer a los débiles, hace falta la verdad. Si no hay verdad, lo único que existe es quién impone su relato, su voluntad a los demás.
Buscar la verdad no significa hacernos soberbios, pensando que la hemos encontrado y podemos atropellar a los demás con ella. Requiere una actitud constante de humildad, una tensión entre aspirar a lo definitivo, sabiendo que nuestra comprensión es siempre limitada.
Buscar la verdad es algo que todos podemos hacer, a través de la reflexión, el diálogo, en nuestra etapa de estudios y en nuestra formación permanente. Buscar la verdad con humildad, y proponerla con caridad, es lo que verdaderamente contribuye a la paz y la justicia.



