Los cristianos de tradición católica tenemos un déficit importante en nuestro aprecio de la Palabra de Dios. Probablemente se debe a que el protestantismo dio prioridad a la Palabra de Dios sobre la celebración de la Cena del Señor. Lutero fue durante toda su vida profesor de Sagrada Escritura en Wittemberg y tradujo el Antiguo Testamento del hebreo al alemán, traducción que hoy siguen utilizando los cristianos de habla alemana. Pero Lutero mantuvo siempre la fe en la presencia de Cristo en los dones de pan y de vino, lo que no hicieron otros protestantes. En medio de la polémica entre católicos y protestantes nuestros antepasados católicos optaron, quizá algo inconscientemente, por valorar la celebración de la Cena del Señor y minusvalorar la celebración de la Palabra, hasta el punto de dar por bueno que con tal de llegar al ofertorio se cumplía el precepto de “oír misa entera” cuando el precepto dice claramente que hay que asistir a la misa entera, no solo a la segunda mitad.

Pero ambas posturas – minusvalorar la Cena y valorar la Palabra o valorar la Cena y minusvalorar la Palabra – no son correctas. Pues el Señor está presente y se nos comunica en su Palabra y en los dones de pan y vino consagrados.

Así lo proclama el Concilio Vaticano II (SC. 7): “Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, ´ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz´, sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: ´Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos´ (Mt., 18,20)”.

El papa Francisco en su Motu proprio “Aperuit illis” escribió: El “viaje” del Resucitado con los discípulos de Emaús concluye con la cena. El misterioso Viandante acepta la insistente petición que le dirigen aquellos dos: ´Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída´ (Lc 24,29). Se sientan a la mesa, Jesús toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y se lo ofrece a ellos. En ese momento sus ojos se abren y lo reconocen. Esta escena nos hace comprender el inseparable vínculo entre la Sagrada Escritura y la Eucaristía. (…) Es necesario, en este contexto, no olvidar la enseñanza del libro del Apocalipsis, cuando dice que el Señor está a la puerta y llama. Si alguno escucha su voz y le abre, Él entra para cenar juntos (cf. 3,20). Jesucristo llama a nuestra puerta a través de la Sagrada Escritura; si escuchamos y abrimos la puerta de la mente y del corazón, entonces entra en nuestra vida y se queda con nosotros”.

Que este domingo de la Palabra del Señor nos sirva para apreciar la Palabra de Dios que se lee en cada Eucaristía, pues en ella se nos comunica el Señor como lo hace también al recibir la comunión.

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