Estos días, el tema migratorio vuelve a estar de actualidad. En parte por el modo de actuar de los agentes de la ICE en Estados Unidos y, sobre todo, por la última y polémica regularización de inmigrantes en España. Y es que a muchos les ha sorprendido que la Conferencia Episcopal Española, al igual que otras instituciones, lo haya apoyado sin dudar, y más siendo propuesta por partidos políticos que no suelen hablar especialmente bien de los cristianos.
El problema es que el Evangelio y la Iglesia católica no van de partidos políticos ni de ideologías, aunque alguno así lo crea. El mismo principio que hace que la Iglesia católica sea tan firme como revolucionaria ante la barbarie del aborto y la eutanasia en Occidente conlleva que defienda la dignidad de cada vida humana, independientemente del color de piel, nacionalidad, religión, sexo o etapa vital. La Doctrina Social de la Iglesia reconoce esa dignidad porque estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, presente en cada persona, y en ellos vemos el rostro sufriente de Cristo (Mt 25,35). Y los inmigrantes valen por sí mismos porque son personas, y no por la utilidad o los impuestos que aporten al conjunto.
Está claro que el tema migratorio no se soluciona con discusiones de taberna -más propias de la mayoría de nuestros políticos y de las redes sociales-, y que este asunto esconde derivadas complejas e intereses ocultos, no nos engañemos. Lo que también está claro es que la Iglesia católica sabe de qué lado está, por eso ha de ser tan libre como incómoda. Y, si no, repasemos la Biblia, cuando en el Éxodo se pide acoger al extranjero recordando los tiempos de Egipto (Ex 22,20); cuando Jesús, María y José dejaron su tierra (Mt 2,13-15); o con la parábola del Buen Samaritano, que nos invita a no pasar de largo ante los dolores del mundo (Lc 10,25-37).
Esto no significa renunciar a las convicciones de cada uno, sino ahondar en ellas. Es ir más allá, aceptar el reto de no quedarnos en meros cristianos de boquilla y creernos de verdad el Evangelio y el pensamiento crítico, profético y profundo que nos propone nuestra Iglesia. Ni más ni menos.



