En nuestros días se ha normalizado protestar en actos políticos de ideología diferente. Se usa todo tipo de argumento para cancelar la voz de aquellos que piensan de otro modo al nuestro. Podríamos analizar en qué momento se han sembrado estas semillas antidemocráticas que llevan a impedir, en defensa de la democracia, que el otro muestre su visión. ¡Vaya paradoja! Sin embargo, mi propuesta es reflexionar más que buscar culpables. Lo que sí afirmo es que así no podemos seguir.

La propuesta cristiana es muy diferente. El ejemplo es nuestro propio Dios y su vida interior. La Santísima Trinidad es el núcleo principal de nuestra fe: un solo Dios en tres personas que se relacionan entre sí en perfecta comunión de amor. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son distintos, pero ello no conlleva a enfrentamientos o a la cancelación. Paradójicamente también, su relación lleva a la comunión.

Contemplamos al Padre creador, al Hijo que se Encarnó conociendo el sufrimiento y las alegrías humanas y el Espíritu Santo que nos acompaña en nuestras vidas hasta el final de los días. En este misterio encontramos una invitación a pensar nuestras propias relaciones: ¿Cómo podemos convivir con quienes piensan diferente, sin pretender silenciarlos ni convertir nuestras convicciones en armas contra ellos?

Necesitamos recuperar la capacidad de escuchar. Defender la democracia es crear condiciones para que también el otro pueda expresarse libremente, aunque no nos guste. Los cristianos, al menos, que lo podamos testimoniar.

PastoralSJ
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