La buena voluntad puede parar una guerra, incluso mundial si nos ponemos. Hace que las familias se unan y se reúnan. Permite que proyectos impensables salgan adelante y que se consigan muchas cosas que parecían más que imposibles. Sin embargo, en el otro lado de la moneda, sabemos que con buena voluntad no se cura una enfermedad, ni se aprueba una oposición ni un coro suena bien.
Quizás esta es una de las tensiones más frecuentes que existen en la pastoral, sobre todo cuando se mira con simpleza. La pastoral, solo con buena voluntad, no sirve. Es importante el querer de las partes, pero antes hay que poder, de lo contrario el fracaso y la frustración están más que asegurados. Es decir, hay que poner los medios y saber conjugar aptitudes con actitudes, no quedarnos solo en lo segundo. Y es que nadie construye una casa solo con buena voluntad o se lanza a salvar el planeta por puro voluntarismo. Se requiere sacrificio, formación, reflexión, conocimiento, medios, carisma y algo de experiencia.
Los frutos pastorales no vienen de la nada, no nos equivoquemos. Y el carisma personal, aunque pueda ser innato, requiere ser alimentado por un entrenamiento, como ocurre con la fe. Por eso, quizás antes de empezar a juzgar -o soñar- cualquier proyecto, conviene asumir que requiere un trabajo constante y no vale solo con poner buena voluntad, sino que las cosas hay que hacerlas bien. Y los resultados llegarán, cuando tengan que llegar.



