Esto de Eurovisión es la bomba. No deja de ser curioso cómo lo del festival suscita siempre una avalancha de comentarios, críticas, ecos y apasionamientos varios. Los eurofans se enfadan si quedamos mal. Los analistas de la cosa se lanzan a degüello a explicar qué ha funcionado o qué ha sido un desastre. Hay opiniones para todos los gustos: la mocina canaria de El Sueño de Morfeo no afinó, dicen unos. Afinó pero la canción era mala, dicen otros. Afinó, incluso estuvo sublime, dicen algunos (sordos), pero es que el festival es todo política y siempre ganan los mismos (absurdo comentario si uno mira el palmarés de los últimos años, en que nadie repite, en realidad). El problema es que debería cantar en inglés, dicen otros más, a lo que algunos cervantistas contestan, ofendidos, que por ahí no pasamos. Pero, al final, se trata de echarse unas risas.

El Festival de Eurovisión, como tantas otras cosas, es simplemente un divertimento, una mezcla de reliquia de otros tiempos y nuevo circo en el que cabe un rumano con voz de castrati, o unas finlandesas que se dan un beso como si fuera lo más trasgresor del mundo, olvidando que hace ya diez años Britney Spears y Madonna lo hacían en una entrega de los premios MTV. Caben  personajes frikis, fauna variada, cantantes que parecen clones de otros cantantes que ya hemos visto mil veces, y en alguna ocasión, como la «Euphoria» del año pasado, un buen tema que merece la pena. Al final, es puro entretenimiento, ocio olvidable. Como tantas otras cosas. Al que le guste, que lo vea. Al que no le guste, que vea otra cosa. Pero es humo. Espectáculo. Una mezcla de nostalgia y horterada siglo XXI. Un entretenimiento fugaz, que llena otro día de programación en algunas televisiones.

Sin embargo, hay quien lo vive con verdadera devoción, con apasionamieto, con intensidad y emoción o enfado. No hay más que ver algunas crónicas del festival en la prensa, y los encendidos debates de gente que comenta lo ocurrido. Y ahí está la verdadera reflexión. Hay un punto de desproporción que invita a pensar. Pensar en cuántas cosas ocupan y preocupan de más. Pensar en cuántos debates insulsos, absurdos y mediáticos distraen la atención de los verdaderos debates pendientes. Pensar en cuánta cháchara llena páginas y foros. En cuánto tiempo dedicado a analizar historias que  no merecen que se les dedique tanto tiempo. Y pensar en cuánta pasión podemos llegar a poner en cosas que no merecen nada más que una sonrisa cuando uno escucha el famoso: «Guayominí, ten points…»

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