Al leer Lucas 23 podemos hacernos una idea de cómo fueron los últimos momentos de Jesús antes de ser crucificado: cómo los magistrados y los soldados se burlaban de Él o sus conversaciones con los dos malhechores que lo acompañaban en la cruz. 

En Lucas 23 resulta sencillo hacer una composición de lugar. Lo que no encontraremos, sin embargo, es a la mayoría de nosotros. Y no por nada en concreto, sino porque no somos protagonistas de esta historia. O no directamente.

Seamos sinceros: ninguno de nuestros pecados sería tan grave como para acompañar a Jesús en la cruz. Y lo más posible es que tampoco participáramos como público en un espectáculo tan vejatorio y sórdido como una crucifixión.

Lo más probable, en cambio, es que apartáramos la mirada, que simplemente miráramos a otro lado ante algo que nos desagrada. Algo que hacemos tantas veces ante las humillaciones, públicas o privadas, a las que asistimos en la sociedad de hoy en día. Nos incomodan, pero no lo suficiente como para querer actuar. 

Jesús, justo antes de ser abrazado por la cruz, dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Lo dijo por los que lo condenaban y por los que estaban allí, asistiendo a su crucifixión. También por los que lo negaron una, dos o tres veces y por esa mayoría silenciosa que al mirar a otro lado permitimos los mayores errores, los horrores más grandes. Una mayoría silenciosa que al no querer saber nada acaba siendo cómplice.

El papa Francisco nos recuerda en Evangelii Gaudium que no debemos tener miedo de dejar que Jesús nos mire desde la cruz, porque le gusta mirar nuestra fragilidad. Él lo hace para ayudarnos y sostenernos.

Él, desde la cruz, nos acepta, abraza, perdona y nos envía de nuevo a la misión. A nosotros, que miramos a otro lado. Ojalá esas palabras resuenen con fuerza en nuestros corazones. Padre, perdónanos, porque no sabemos lo que hacemos.

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