Reconozco que la audacia de los publicistas para atraer la mirada sobre sus anuncios tiene en mí una presa fácil. El otro día me topé con un cartel promocional de una película -luego, indagando, descubrí que se trata de una saga de terror apocalíptico- con el lema que encabeza estas líneas.
“El miedo es la nueva fe”. Así, sin mayores explicaciones. Tal vez, porque no hacen falta. Porque, bien mirado, este mundo más desquiciado que nunca, puede que nos empuje a confirmar que, en efecto, el miedo es la nueva fe. Todo parece conspirar para que vivamos con temor, para que instalemos la sospecha permanente en el centro de las relaciones sociales y anhelemos la seguridad que nos brinda la autoridad… siempre que asumamos pasivamente las directrices que emanan de sus centros de poder. ¡Como para echarse a temblar!
De Venezuela a Groenlandia, de Minneapolis a Gaza, el miedo se vuelve contagioso y nos achica el espacio en el que nos movemos, opinamos, discutimos y… ¿rezamos? ¿También es el miedo el que nos empuja a creer, será verdad que la nueva fe viene movida por el temor más que por el amor?
Me resisto a creer que sea por eso, me rebelo ante el miedo como instrumento de coerción política y herramienta de coacción social. Y hago mío el lema que inspiró todo el pontificado de San Juan Pablo II, tomado directamente de las primeras palabras del Resucitado: “No tengáis miedo”.
El Espíritu de Pentecostés armó de valentía a los apóstoles, hasta entonces zurrados de miedo, con las ventanas cerradas, temerosos de que les fueran a echar mano. Si el miedo es la nueva fe, quedémonos con la antigua, la del amor de Dios por cada uno de nosotros, tal como la expresó San Pablo a los romanos: “Estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor”.



