Ayer llegó por fin la hora temida: la despedida de Joaquín Sabina de los escenarios. Aunque muchos insisten en que no abandona la música —que seguirá escribiendo, componiendo y quizá apareciendo de vez en cuando—, algo dentro de mí siente que este adiós es definitivo.

No conocí al Sabina joven y rockero que vivió mi padre, quien desde niño me hizo viajar en coche acompañado por Pisa el aceleradorPobre Cristina o Princesa. Pero sí tuve la suerte de ver al Sabina de ahora, despidiéndose con una serenidad nueva, consciente, sin necesidad de demostrar nada. En Coruña le dijimos hola y adiós en una noche que recordaremos siempre, en la que lloramos cada canción. Fue como si nos invitara a recorrer su historia junto a él.

Sabina se retira, sí, pero no se va. Queda un repertorio enorme que ha acompañado a varias generaciones en alegrías, incertidumbres y desastres; canciones que han servido para entenderse, explicarse, reírse de uno mismo o resistir cuando la vida pesaba demasiado.

Lo que cambia ahora es el modo de escucharlo. Sin giras ni fechas marcadas, sus canciones vuelven a su formato natural: melodías que no buscan solemnidad, solo atención. Tal vez es ahí donde brillan más.

Sabina nunca quiso ser ejemplar ni perfecto, y quizá por eso su silencio resulta tan coherente. No hay épica ni exceso; simplemente dice “hasta aquí” y se marcha.

Yo seguiré escuchándolo como siempre lo hice: en el coche, con su voz joven y descarada de los primeros discos y con la voz rasgada y pasional de estos últimos años.

Y si algún día tengo hijos, también ellos viajarán con Sabina, igual que yo viajé con mi padre. Porque las buenas canciones —como los buenos cuentos— pasan de generación en generación, incluso cuando uno sabe que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Pero a veces volvemos igual, aunque sea solo para escuchar.

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