La Segunda Guerra Mundial, cuyo fin conmemoramos un día como hoy, no sólo fue ocasión de innumerables horrores: también gestó grandes historias que, reales o de ficción, no dejan de interpelar. Jojo Rabbit, por ejemplo, es una poderosa metáfora espiritual desde una perspectiva inusual: la de un niño alemán y su “amigo” imaginario: Hitler. Con diversas guerras de trasfondo, sin importar cuánto nos toquen o no, una cosa cierta nos recuerda esta película: todas las batallas comienzan en el interior… allí donde son quizá más difíciles de librar.

La batalla en Jojo es contra el adoctrinamiento nazi que padeció a su corta edad y que proyecta en su “amigo” Hitler: imagen y voz distorsionadas de la realidad que bien podríamos equiparar al mal espíritu contra el que nos advierte San Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales. Se trata de un “susurro” aparentemente inofensivo que siembra miedos y prejuicios… que aliena del verdadero yo y aleja de los demás. Un “susurro” derrotado en la conversación sincera, en el verdadero encuentro con el Otro y con los otros. Tal es remedio que abre los sentidos y acalla los ruidos internos que no permiten captar la realidad en su desnudez. Por eso, evitar la muerte en la historia y en el filme no es en el fondo la verdadera salvación, sino la de aprender a verse y amarse a sí mismo, a ver y a amar al mundo y a los demás.  

Historias como las de Jojo Rabbit o el final de una guerra, cuyas causas y síntomas se siguen repitiendo, recuerdan entonces también que la verdadera victoria no es la derrota de enemigos externos, sino de grandes obstáculos y sutiles voces de mal espíritu que bloquean o manipulan desde adentro (aunque amplificadas también desde afuera). La cuestión es si estamos dispuestos a combatirlas.

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