A partir de conversaciones recientes en distintos ámbitos y de mi propia experiencia como creyente, he tomado conciencia del retorno, en algunos espacios pastorales, de esquemas del pasado: la importancia en el ámbito de la fe, del examen de conciencia articulado en torno a los Diez Mandamientos. Una manera de presentar la fe centrada en la falta, en la norma incumplida, en un Dios que observa y evalúa. En esta lógica, la vida creyente corre el riesgo de vivirse como una conquista personal, donde el acento se pone en el propio esfuerzo y en el temor a no estar a la altura.
Sin embargo, cuando vuelvo al Evangelio, me encuentro con un Jesús que rompe constantemente esa dinámica. Un Jesús que recuerda que la ley está al servicio del hombre y no al revés. No propone una religión del mérito, sino una experiencia de amor gratuito, que precede a toda respuesta humana y la hace posible. Desde ahí se comprende que la vida cristiana no nace del cumplimiento, sino del encuentro.
No es casual que, junto a los Diez Mandamientos, Jesús nos regale las Bienaventuranzas. Estas no aparecen como una nueva lista de exigencias morales, sino como una promesa. No dicen “deberías ser así”, sino “dichoso tú”. Dichoso tú, incluso en tu fragilidad, en tu hambre de justicia, en tu llanto. Allí donde el mundo percibe carencia o fracaso, Dios pronuncia una palabra de bendición.
Tal vez sea el momento de revisar con honestidad nuestros lenguajes y prácticas pastorales. Quizá estemos formando conciencias más entrenadas en examinar faltas que en discernir la acción de Dios en la propia vida. Sueño con una Iglesia que acompañe más y juzgue menos; que confíe en que la conversión auténtica nace de saberse amado y no del miedo. Tal vez así la fe vuelva a ser, de verdad, una buena noticia.



