Cuando uno se acerca al tenis español, es fácil pensar que ya está todo escrito y que no se puede aportar mucho más. Nadal nos regaló varias finales de leyenda, y decenas de puntos imposibles impregnados de heroísmo y pundonor, describiendo así la nobleza del deporte que tanto anhelamos. Y la aventura no acabó. Y es que el mundo de la raqueta, en nuestro país, ha tenido la gran suerte de enlazar dos prodigios, manteniendo el nombre de España bien alto durante décadas, porque el fútbol nos entretiene pero el tenis nos une y nos maravilla una y otra y otra vez. Y casi les queremos como a alguno de los nuestros.

Sin embargo, Alcaraz nos recuerda sutilmente que, contra todo pronóstico, los jóvenes no son peores que sus predecesores —ni mucho menos—; algo que ya decían otrora Séneca, Sócrates o Aristóteles entre otros. Frente a la pesimista tentación de pensar que todo va a peor, que nada será como antes, y que las generaciones que llegan lo hacen peor —porque nosotros no éramos así—, Alcaraz nos rompe el mito de que la juventud se pierde… y nos calla la boca una vez más. Y, con ello, también el pesimismo existencial de quien se cree que ya está todo vivido.

Por eso, cuando pienses que los jóvenes tienen valores pero no virtudes; que solo piensan en las redes sociales pero son egoístas sin hay caballerosidad alguna; que se proclaman resilientes pero no se sobreponen a la mínima adversidad; que disfrutan demasiado de la vida pero no gustan de trabajo o sencillamente que ya no tienen fe: ¡piensa en Carlos Alcaraz! Y en otros tantos jóvenes anónimos en nuestros pueblos y ciudades, capaces de dar esperanza al mundo y de ser el presente de una sociedad y de una cultura que, a su manera, quizás desde ahora, ya nos están haciendo mejores. Son, como diría el papa Francisco, “el ahora de Dios”.

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