En Las mil y una noches, se cuenta la historia de un joven mercader que, sin querer, arrojó una piedra y mató al hijo de un genio. Lleno de temor, aceptó su castigo. Pero el genio, al escuchar cómo el joven había transformado su vida después del accidente —viviendo con humildad y ayudando a los necesitados—, decidió perdonarlo. “Tu error”, dijo el genio, “te hizo más sabio que muchos sabios”.

Así también son nuestros errores: no cadenas, sino puertas. Cada tropiezo, si lo aceptamos con sinceridad, puede ser un maestro. Nos recuerdan nuestra fragilidad, nos invitan a cambiar, a crecer, a amar más profundamente.

Pedro, el discípulo de Jesús, también erró. Prometió lealtad, pero lo negó tres veces cuando más lo necesitaban. Y sin embargo, cuando Jesús resucita, no lo reprende. No le lanza reproches. Solo le pregunta: “¿Me amas?”. Tres veces. Una por cada negación. Jesús no ignora su error, lo transforma. Donde había vergüenza, pone amor. Donde había culpa, da una misión: “Apacienta mis ovejas”.

Esto es el corazón del camino de Jesús: un amor que no se detiene ante nuestras caídas. Un amor que ve más allá del error para abrazar la posibilidad de lo que podemos llegar a ser. Él no nos llama perfectos, nos llama suyos. Y en ese llamado, nos convierte. No temas tus errores. Llora si es necesario. Aprende. Pide perdón. Y sigue. Porque, como Pedro, puedes convertir tu mayor falla en tu mayor fuerza. Y descubrir que la gracia de Dios no se gana con méritos, sino que se recibe como un regalo inmerecido… que todo lo renueva.

Así, los errores no son el fin. Son el principio de una historia más profunda: la de quien, habiendo caído, elige volver a amar. ¿Y no es ese el mayor milagro?

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